Explanada de Atlatlahucan
El 19 de diciembre de 2025 salimos de la Ciudad de México rumbo a Atlatlahucan, Morelos, con esa sensación de viaje que ya desde el camino empieza a volverse parte de la función. Nos esperaba la explanada municipal, en el marco del 93 Aniversario de la Erección del Municipio y la Feria del Clacloyo, un espacio abierto, vivo, donde la fiesta se comparte a manos llenas.
La jornada reunió a varias agrupaciones con estilos distintos —el Ballet Folklórico Tenancáyotl de Tenango del Aire, La Santa Sede, el Ballet Folklórico de Maestros de Cuautla y Tanga de Acero— y, entre todas esas voces, nos tocó llevar nuestro repertorio boliviano con Cacharpaya, La Fiesta Boliviana. Pero esta vez había algo diferente: era nuestra primera función incorporando música en vivo.
Ahí, en ese momento que siempre tiene algo de vértigo y de estreno, debutaron con la compañía Paqari Ayar y Alberto Ortega, que junto a Carlos Basaldúa, dieron vida a los acordes y a las melodías de Bolivia, sumándose a la energía del elenco: Itzel Carpio Pavón al frente como directora, junto con Fernanda Dávalos, Paulina Rivera, Cristopher Galindo, Tonatiuh Rivas, Alhelí Rivas, Yamelit Corrales y Adrián Ramírez —estos tres últimos también viviendo su primera función con nosotros. Y entre la danza y la palabra, la conducción acompañó el recorrido para ir hilando cada momento.
Desde los primeros compases se sintió la diferencia: el sonido en vivo tiene otra respiración, otro pulso, y el público lo percibe de inmediato. Entre huayño, cacharpaya, cueca, morenada, caporales y tinku, las piezas fueron tomando forma mientras las canciones —Lunita camba, Rosa de carmín, Colquechacamanta, Desde La Paz he venido— iban dibujando ese puente entre músicos y bailarines.
La respuesta del público fue directa, sin rodeos. Hubo diálogo, complicidad, miradas que contestaban, comentarios que se cruzaban con la escena. Y cuando llegó el tinku, la distancia desapareció: varias personas se sumaron a bailar, haciendo de la explanada un solo ritmo compartido.
Pero quizá el momento más entrañable llegó al final. Entre aplausos y entusiasmo, comenzaron los gritos de “¡otra, otra, otra!”. Y sí, hubo otra… pero con una condición: que la bailáramos juntos. Así que regresó La Flor de Sama, y lo que siguió fue una cueca chapaca colectiva. Atlatlahucan entero —o al menos así se sentía— bailando con nosotros, cerrando la tarde codo a codo con nuestro elenco, ondeando los pañuelos como se hace en Tarija.
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